CARRERA

Ayudandote a subir la escalera del éxito, un peldaño a la vez

  • Columnista Invitada

¡Bendita Mi Suerte!

Por Soledad Maturana Periodista y Terapeuta Floral


Cuando quedé embarazada de mi tercer hijo, a los 37 años, dije lo que sentí: ¡esta será una maternidad PLENA! Estaba en el mejor momento de mi vida, ya casi cuarentona, con mi marido amoroso, querendón, buen papá, dos hijos “perfectos”, o sea lindos y ene inteligentes, hasta mi “nana“ era un sueño de compañía en esta vida y mi perra, mi inolvidable Dobermann que siempre amé tener, la Flo. Todo, en el marco de una casa que mis amigos llamaron “blanca “porque me dio una etapa (como a cualquier “artista “) en la que tomé brocha y echando a perder harta ropa, empecé por pintar una panera de blanco provenzal y terminé con puertas y paredes. Era linda mi casa, colorida y contenedora de un hogar feliz, con abuelos, tíos y primos con los que cada domingo compartíamos asados o pastas……. Y estoy segura que eso vio esta loca…… el alma loca, luminosa y fulgurante de mi hija, la más chica, mi pedazo de cielo, la Rosario, Doña Ro.

Y así fue que decidió venir a esta, su familia, con estos, sus padres y hermanos, y con este, su entorno. Porque si hay algo que constaté en esta maternidad plena es que las almas nos elegimos para acompañarnos en esta vida, en este transitar. Y es que ser mamá o papá no es más ni menos que eso……acompañar y acompañarnos en el recorrido, y cuando esa certeza se instala casi por necesidad, aunque asuste y hasta duela al principio, resulta francamente liberador.


La Rosario nació, entre muchas otras cosas para mí, para mostrarme. Al igual que mis hijos Consuelo y Juanjosé, pero ella -gracias a su Síndrome de Down- lo hizo evidente, me obligó a ver desde mí y en ella para liberarme de prejuicios, pero muy especialmente, de expectativas. La Rosario nació siendo una sorpresa perfecta, un desafío amoroso, me hizo transitar por el miedo, la pena y el dolor, desde la más profunda confianza y me instaló para siempre, en la conciencia de la gratitud.


Con la Rosario disfruté un duelo, me ahogué en el llanto de lo que “no sería” para descubrir las lágrimas de la más inmensa alegría al descubrir “lo que estaba siendo”. E insisto, esto es liberador. Porque cuando tienes un hijo evidentemente especial, y digo evidentemente, porque

todos los son (unos más notorios que otros) descubrimos la maravilla de la individualidad, de la originalidad y empezamos así a reconocer que lo “perfecto” está lejos de tener que ver con los modelos, estereotipos, paradigmas y hasta “tips “con los que hoy nos acostumbramos a medir, ojo, medir, no digo mirar a nuestros hijos.


Cuando un hijo nace y no “calza” en la normalidad no te queda otra que salir de esa perspectiva y enriquecerte con la real capacidad de observar, con la generosidad de dejar ser sin proyectar, sin trasladar frustraciones ni deseos. Aprendes a mirar la libertad de ese hijo que aparece distinto como una gran bendición de libertad. La libertad de convivir con otros ritmos, de conocer otras estructuras de pensamiento, de mirar diversas maneras de contemplar el medio y desenvolverse en él.


Te sientes libre de comparaciones, tablas y presupuestos que van condicionando lo malo y lo bueno en el desarrollo de nuestros hijos, como si se tratara de un producto sometido, desde que nace, a un control de calidad, olvidándonos, muchas veces de la originalidad de cada ser y de la necesidad de desplegar sus alas en el momento y en la condición perfecta para él.


Con mi hija Rosario, Dios, el Universo, siento, me dio el permiso, la venia para vivir la maternidad, la co creación de otro con la libertad de amarlo desde la observación, desde el acompañamiento, y no desde el apego y el apoderamiento. Desde la observación, siento, se educa en coherencia, efectiva y afectivamente. Se le dice a otro que se le acepta y se le ama desde su perfección original y que, en su desarrollo, se ejecutará el contrato de amor entre madre/ padre e hijo: Guiar hacia la plenitud, es sentirse en el desarrollo completo del Ser, un Ser que desde ese desarrollo sólo puede amarse, amar, confiar, ser confiable. Un ser acompañado con una guía firme y cierta, contenedora y clara. Un hijo con una “MADRE” madres felices, observantes, gratificadas, conocedoras desde el útero de quien se despliega frente a sus ojos.

Y ese regalo de libertad consciente, es el que les invito a reflexionar en cada una de sus maternidades ….. cuánto estamos fuera, mirando lo que debe ser o hacer nuestro hijo, y cuánto somos capaces de observarlo para guiarlo con firmeza, claridad y ternura. Cuánta certeza tenemos de nuestros hijos y cuánto, a partir de ello somos capaces de trasmitirles sin ansiedad ni aprehensión.


Cuánto y cómo nos hacemos cargo de la oportunidad de hacer feliz a un hijo reconociendo su esencia, mostrándosela y generando los apoyos que él y sólo él necesita para fluir en su exclusiva e inexcusable ORIGINALIDAD. En un contexto homogeneizante, con cultura de masa, criar con libertad es un inmenso desafío.


¡Bendita mi suerte!

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